jueves, 4 de noviembre de 2010

¿Por qué no fabricamos agua?

Sólo recientemente el agua se ha convertido en un tema preocupante en el mundo desarrollado. Y por supuesto que no es nada nuevo en los países del tercer mundo, mal llamados “en desarrollo”. Durante toda la historia de la humanidad, el abastecimiento del vital líquido es lo que ha permitido la proliferación de la sociedad. Hay sitios donde hay agua en abundancia, pero no tiene la suficiente pureza como para el consumo humano, lo que provoca enfermedades y una cantidad considerable de muertes; en otros lugares, no hay agua en lo absoluto.

Un informe de 2006 de las Naciones Unidas estimaba que sólo el 20 porciento de la población mundial tiene acceso directo al agua potable. Lo que lleva a la cuestión, si la necesitamos tanto ¿por qué no podemos fabricarla?

El agua está formada por dos átomos e hidrógeno unidos a un átomo de oxigeno. Esto es química elemental y estoy bastante seguro que ya la conoces. Así que, ¿por qué no simplemente hacemos que dichos átomos choquen entre si y con ello resolver el problema de la escases mundial de agua? En teoría, esto es posible, pero es un proceso extremadamente peligroso.

Como ya sabes, para crear agua necesitamos la materia prima, hidrógeno y oxigeno. El simple hecho de ponerlos juntos no sirve de nada. Los átomos de ambos seguirían separados… juntos, pero no revueltos. Las órbitas de los dos elementos deben enlazarse. Esto se logra con una explosión; una descarga repentina de energía que logre unirlos. Dado que el hidrogeno es altamente inflamable y el oxigeno mantiene la combustión, no se necesita más que una simple chispa… y ¡BUM! Tenemos agua, pero también tenemos una explosión.

El dirigible nefasto, el Hindenburg estaba lleno de hidrógeno para mantenerse flotando al acercarse a Nueva Jersey el 6 de mayo de 1937, después de un viaje trasatlántico. La electricidad estática (o un acto de sabotaje según los conspiranoicos) causo una chispa que, combinada con el oxígeno del aire, provocó que estallara en esa gran bola de fuego que hemos visto en los documentos históricos. La nave se consumió en medio minuto. Hubo, sin embargo, también una gran cantidad de agua creada por esta explosión.

Crear agua potable suficiente para mantener a la población mundial es un proceso extremadamente peligroso. Sin embargo, hace más de un siglo se decía lo mismo de las máquinas de combustión interna, que no es otra cosa que una serie de explosiones controladas. Y como el agua se vuelve cada vez más escasa, el proceso de unir los átomos de hidrógeno y oxigeno puede ser más atractivo de lo que es en la actualidad. La necesidad, después de todo, es la madre de la inventiva.

Pero hay maneras más seguras para crear agua potable de la “nada”, y ya existen proyectos en marcha que se encargan precisamente de ello.

Creando agua del aire.

Hay agua alrededor nuestro todo el tiempo, simplemente no la podemos ver. El aire en nuestra atmósfera contiene una cantidad variable de vapor de agua, dependiendo del clima. Cuando hace calor y hay humedad, el vapor de agua pude suponer de hasta un 5 porciento del aire que se respira. En los días fríos y secos, el porcentaje puede ser tan bajo como de un 0.07 %.

Este aire forma parte del ciclo del agua, un proceso de nuestro planeta. El agua se evapora de los ríos, de los lagos y de los océanos. Es llevado a la atmosfera, donde se acumula en forma de nubes. Al llegar las nubes a un punto de saturación se forman gotitas de agua que caen a la tierra en forma de lluvia; misma que se escurre y acumula en los cuerpos de agua, y todo el proceso comienza de nuevo.

El problema es que este ciclo del agua para por períodos secos. Debido a esto, las mentes inquietas de los inventores se han preguntado ¿para que esperar? ¿Por qué no tomar directamente el agua de la atmosfera? Y precisamente la idea que un inventor australiano ha desarrollado. Max Whisson es el creador del “Molino Whisson”, una máquina que utiliza la energía eólica para recolectar el vapor de agua de la atmosfera. Whisson estima que existe alrededor de 10,000 millardos de litros de agua en tan sólo el kilometro bajo de la atmósfera del planeta.

Este molino utiliza refrigerante para bajar la temperatura de las aspas, mismas que están de manera vertical en vez de horizontal, de modo que, incluso la más leve brisa les de vuelta. Las aspas enfrían en aire, causando que el vapor de agua se condense, convirtiendo el agua en líquida de nuevo. Esta condensación se recoge y almacena, pudiendo lograr hasta 2,600 galones de agua a partir del aire de forma diaria.

El inventor indica que el reto a superar no es la ingeniería, sino la captación de capital de riesgo para poner en marcha la elaboración a gran escala de su proyecto, ya que, la gente piensa que es demasiado bueno para ser verdad.

Dos norteamericanos también han desarrollado un invento similar, con la diferencia de que produce menos cantidad de agua y requiere 12 galones de combustible diesel para para dicho propósito. El molino de Whisson, en cambio, es totalmente ecológico.

Otra aproximación a la obtención del agua del aire es, ¿por qué no simplemente provocar que llueva más? Este método ya es una realidad, pero si no se tiene el control adecuado puede provocar desastres ambientales.

La siembra de nubes ya es conocida por muchos. Tal vez recuerdes que se debatió su uso en China antes de iniciar los Juegos Olímpicos de 2008 en Beijing; con lo cual se pretendía hacer llover los días previos para evitar que lloviera el día de la inauguración. El proceso consiste en tirar yoduro de plata en las nubes. En ese país se ha estado llevando a la práctica durante décadas, sin embargo, del otro lado del planeta no les fue tan bien al aplicarlo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico seguía buscando la manera de obtener ventaja sobre el ejército enemigo. Los nazis estuvieron a punto de lograr la destrucción de Gran Bretaña y el Reino Unido desarrollo un gusto morboso por prepararse para eventuales y subsecuentes amenazas. El gobierno inglés buscó en los cielos la manera de obtener ventaja. La Royal Air Force comenzó a experimentar con la siembra de nubes. Mediante la impregnación de la nubes con las partículas necesarios para crear una tormenta, se pensaba que se frustraría el avance de las tropas enemigas, pero el proyecto se les salió de control.

Y no es que no funcionara la siembra de nubes, de hecho, funcionó demasiado bien. La operación realizada por la RAF, llamada Cumulus, realizada en agosto de 1952, consistía en dejar caer en las nubes hielo seco, sal y, tal como hacen los chinos, yoduro de plata. Pasados 30 minutos, la lluvia comenzó a caer, lo que en un principio se celebró como un total éxito. Pero a la semana siguiente se desató un diluvio que provocó que cayera 250 veces más agua que la media para esa época del año. Se estimaba que el 15 de agosto de 1952 corrían por la ciudad de Lynmouth alrededor de 90 millones de toneladas de agua. Gran cantidad de árboles fueron arrancados de raíz, lo que provocó que al acumularse formaran represas que agravaban más el problema de la acumulación del agua. Casas y personas eran arrastrados hacía el mar y un total de 35 personas perdieron la vida como resultado de la torrencial lluvia. El Ministerio de Defensa Británico sostiene que no ha experimentado de nuevo con la siembra de nubes desde ese incidente.

China y la Gran Bretaña nos cuentan dos versiones de la misma historia. Por una lado, la nación asiática ha desarrollado con éxito un programa de siembra de nubes, generando tierras de cultivo en lo que otrora fueran tierras áridas. Pero el desastre británico nos muestra que esta práctica puede tener resultados peligrosos si jugamos con la naturaleza.

Sin embargo, necesitamos más agua que nunca. El uso de explosiones controladas aun no es viable para producirla, y los molinos no cuentan con el apoyo suficiente para satisfacer las necesidades a una escala lo suficientemente grande como para ayudar a la necesidad inmediata. El agua es un recurso finito, por eso debemos cuidar la que poseemos lo máximo posible.