lunes, 1 de octubre de 2012

La Magia de la Ciencia del Siglo XX


Lo que en el siglo XIX parecía ‘magia’ inalcanzable se ha convertido en una tangible realidad en el siglo XX. En una sola generación la gente ha pasado de conducir un Ford modelo T. a contemplar las imágenes del hombre paseando por la luna en sus televisores a todo color. Lejos de considerar excepcionales estos logros científicos, en la actualidad suelen darse por sentado.

La ciencia: En la búsqueda incesante de la verdad por el hombre

‘Los logros científicos de la primera parte del siglo XX -comenta The New Encyclopædia Britannica- son de tal magnitud que incluso cuesta catalogarlos.’ No obstante, esta obra también menciona la existencia de ‘una línea común de progreso’ al decir que ‘el avance conseguido en todos los grandes campos tuvo como base el fructífero y detallado trabajo realizado [por la ciencia] en el siglo XIX’, lo que demuestra que la ciencia se halla inmersa en la búsqueda incesante de la verdad.

La investigación en equipo reemplaza a la individual

A partir del siglo XVII se fundaron en Europa las sociedades científicas, grupos de hombres de ciencia que se reunían con el objeto de intercambiar ideas e información. Estas sociedades comenzaron a editar sus propias revistas a fin de divulgar los descubrimientos más recientes, con lo que se produjo un amplio intercambio de datos que sentó la base de nuevos progresos.

Para el siglo XIX las universidades se hallaban intensamente comprometidas con la investigación científica, y en años posteriores sus laboratorios hicieron descubrimientos importantes. A comienzos del siglo XX, las empresas comerciales también empezaron a establecer sus propios centros de investigación, en los cuales obtuvieron con el tiempo nuevos medicamentos, materiales sintéticos (incluso el plástico) y otros productos que han sido de provecho para el público y han dejado sustanciosos dividendos a las empresas investigadoras.

La creación de estos laboratorios y equipos de investigación marcó una tendencia a la investigación organizada a diferencia del investigador solitario. Algunos científicos se preguntaron si este sería el mejor enfoque. En 1939 el físico irlandés y experto en cristalografía por rayos X John D. Bernal planteó la siguiente pregunta: ‘¿Debería basarse el progreso de la ciencia en la coordinación casual de los trabajos de científicos con talento guiados por su intuición, o en el trabajo en equipo de investigadores que se ayudan entre sí y combinan su trabajo conforme a un plan preconcebido, pero flexible?’.

Debido a la complejidad y el alto costo de toda investigación, Bernal defendió la labor en equipo, aduciendo que el problema fundamental radicaba en una adecuada organización del trabajo. Él predijo: ‘El trabajo en equipo se convertirá en el método de investigación científica’. En la actualidad, más de medio siglo después, es evidente que Bernal estaba en lo cierto. La tendencia ha continuado, acelerando la transformación científica que ha dado cuerpo a la ‘magia’ del siglo XX.

Grandes logros en la mágica del siglo XX.

El 24 de mayo de 1844, Samuel Morse, inventor del código Morse, telegrafió con éxito esta exclamación a más de 50 kilómetros de distancia. El siglo XIX vio colocar así las bases de la telecomunicación ‘mágica’ del siglo XX.

En 1876, unos treinta años después, Alexander Graham Bell se disponía a comprobar un transmisor con su ayudante, Thomas Watson, cuando derramó accidentalmente un recipiente con ácido. La llamada urgente de Bell: ‘Venga, Sr. Watson, le necesito’, fue algo más que una petición de ayuda. Watson, que estaba en otra habitación, oyó el mensaje -la primera transmisión telefónica totalmente inteligible que jamás se había producido- y acudió rápidamente. Desde entonces la gente no ha dejado de correr a la llamada del teléfono.

En los últimos noventa y tres años, el conocimiento científico, aunado al tecnológico, ha proporcionado un nivel de vida nunca tenido a cada vez más personas. El mundo es en la actualidad una gran comunidad de vecinos. Lo ‘imposible’ es lo habitual. De hecho, el teléfono, el televisor, el automóvil y el avión, así como otros muchos ‘milagros’ del siglo XX, son recursos tan cotidianos que solemos olvidar que la humanidad ha vivido sin ellos durante la mayor parte de su existencia.

Como indica The New Encyclopædia Britannica, a principios de este siglo ‘los triunfos de la ciencia parecían augurar una sobreabundancia de conocimientos y poder’. Pero los avances tecnológicos que entre tanto se han logrado no se han disfrutado por igual en todo el mundo ni se pueden catalogar en su totalidad de inequívocamente provechosos. ‘Pocos hombres -añade la cita- previeron los problemas que estos triunfos causarían al entorno natural y social del hombre.’

¿Qué ha ocasionado los problemas?

No se puede culpar a los hechos científicos que nos ayudan a comprender mejor nuestro universo ni a la tecnología que de modo práctico los aprovecha para nuestro beneficio.

La ciencia y la tecnología han sido ocupaciones afines por mucho tiempo. No obstante, según el libro Science and the Rise of Technology Since 1800 (La ciencia y el auge de la tecnología desde el siglo XIX), ‘la relación íntima [entre ciencia y tecnología], hoy familiar para todos, no quedó consolidada sino hasta hace muy poco’. Parece ser que incluso al comienzo de la revolución industrial, dicha relación no era tan íntima, pues si bien los conocimientos científicos recién adquiridos contribuyeron a la obtención de nuevos productos, lo mismo hicieron la experiencia profesional, la destreza manual y la pericia en oficios afines a la mecánica.

Sin embargo, con la revolución industrial, la rápida acumulación de conocimiento científico puso una base más amplia sobre la que podía trabajar la tecnología. Imbuida esta de nuevos conocimientos, se dispuso a hallar maneras de hacer el trabajo menos penoso, mejorar la salud y hacer que el mundo fuese mejor y más feliz.


Claro está, la tecnología no puede ser mejor que el conocimiento científico sobre el que se fundamenta. Si este es defectuoso, cualquier invención tecnológica que de él parta será también defectuosa y, como suele ocurrir, los efectos secundarios solo serán evidentes después de un daño considerable. Por ejemplo, ¿quién podía imaginar que la invención de los aerosoles con clorofluorocarburos o hidrocarburos pondría algún día en peligro la capa de ozono que protege la Tierra?

También hay que tomar en cuenta la motivación. Un científico entregado a su trabajo puede estar interesado en el conocimiento por sí mismo y tener la voluntad de sacrificar décadas de años a la investigación, pero un empresario, a quien tal vez le interesen más las ganancias, estará ansioso de poner los conocimientos a producir. Y ¿qué político esperaría pacientemente durante décadas antes de valerse de una tecnología que le parezca que podría darle más influencia política si la emplease de inmediato?

Un físico puso el dedo en la llaga cuando dijo: ‘La energía atómica desatada lo ha cambiado todo menos nuestra mentalidad, por lo que vamos a la deriva hacia una catástrofe sin precedentes’. (Cursivas nuestras.) En efecto, muchos de los problemas que la ‘magia’ del siglo XX ha originado no son consecuencia simplemente del conocimiento científico inexacto, sino también de una tecnología descontrolada tras la cual hay intereses egoístas.

Por ejemplo, la ciencia descubrió la televisión: la transmisión de imagen y sonido a lugares distantes. La tecnología puso en pie los recursos necesarios para hacerla realidad. Pero la morbosa mentalidad del comercio egoísta y del consumidor insaciable ha hecho que este notable logro científico y tecnológico se emplee para perturbar la paz doméstica con imágenes pornográficas y escenas de violencia sangrienta.

Así mismo, la ciencia descubrió que se puede transformar la materia en energía. La tecnología produjo los medios para lograrlo, pero la aviesa mentalidad de la política nacionalista empleó dichos conocimientos para hacer bombas nucleares que aún penden, cual espada de Damocles, sobre la cabeza de la comunidad mundial.

En qué lugar debe ponerse a la ciencia

Al permitir que las herramientas que la tecnología ha creado para nuestro servicio esclavicen al hombre, se pone al descubierto otro aspecto de la equívoca mentalidad humana. La revista Time previno sobre este peligro en 1983, cuando en lugar de escoger al tradicional ‘hombre del año’, escogió la ‘máquina del año’: el ordenador.

La revista Time expuso el siguiente razonamiento: ‘Si la gente recurre al ordenador para realizar aquellas cosas que solía discurrir con la cabeza, ¿para qué quiere la cabeza? [...] Si un diccionario almacenado en la memoria de un ordenador puede corregir fácilmente errores ortográficos, ¿qué sentido tiene aprender buena ortografía? Y si liberamos la mente de la rutina intelectual, ¿se ocupará en la búsqueda de ideas significativas, o llenará el tiempo ociosamente con más dosis de videojuegos? [...] ¿Incentiva el ordenador a la mente o, al reemplazarla en gran parte de sus funciones, la induce a la pereza?’.

No obstante, hay personas tan impresionadas por los logros científicos que prácticamente deifican la ciencia. El científico Anthony Standen abundó en esta cuestión en el libro Science Is a Sacred Cow (La ciencia es una vaca sagrada), publicado en 1950. Aun admitiendo que hay algo de exageración en sus palabras, no carece de razón su comentario. Él dijo: ‘Cuando un científico de bata blanca [...] se pronuncia de cara al público, puede que no le entiendan, pero, eso sí, le creerán. [...] Se cuestionará y criticará al estadista, al industrial, al ministro religioso, al líder cívico y al filósofo, pero nunca al científico. Son seres exaltados al pináculo más alto del prestigio popular, porque tienen el monopolio de una fórmula -‘se ha demostrado científicamente...’- que, una vez expresada, excluye por completo toda posibilidad de desacuerdo’.

Debido a esta mentalidad equivocada, hay personas que se valen de aparentes discrepancias entre la ciencia y la Biblia, para contrastar ‘la sabiduría’ científica con la ‘superstición’ religiosa. Hay quienes incluso ven en estas supuestas contradicciones una prueba de que Dios no existe. Sin embargo, lo verdaderamente inexistente no es Dios, sino las supuestas contradicciones que el propio clero ha originado al interpretar indebidamente Su Palabra. Al proceder así, insultan al Autor de la Biblia y le hacen un pobre favor a la búsqueda incesante de la verdad científica por el hombre.

Además, al no haber enseñado a sus feligreses a ejercitar el fruto del espíritu de Dios en su vida, estos guías religiosos han generado una atmósfera de egoísmo que induce a la gente a pensar primero en términos de su propia comodidad y conveniencia, en detrimento de sus semejantes. Incluso se ha llegado al extremo de emplear el conocimiento científico para matar al semejante. (Gálatas 5:19-23.)

La religión falsa, la política egoísta y el sistema comercial avaricioso han hecho de muchas personas lo que son: ‘amadores de sí mismos, [...] desagradecidos, [...] sin autodominio’, gente egoísta e impulsada por una mentalidad equivocada. (2 Timoteo 3:1-3.)

Estas personas y organizaciones son las que han levantado los desafíos que la ciencia tiene que afrontar en el siglo XXI. ¿Podrá afrontarlos con éxito? Lea el último artículo de esta serie en el próximo número.